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Viaje a Terras de L’ Ébre

Ruta por la Catalunya del sur

En esta ocasión, mi familia, Edelweiss, Adai, Eva y yo mismo, Josep, y aún siendo habitantes de la zona, decidimos viajar por nuestro entorno. Nuestra motivación es varia: por un parte, la gran diversidad de paisajes; por otra, y la principal en esta ocasión, la buena acogida que encontramos hacia el colectivo autocaravanista, para el que se han creado en los dos últimos años cinco áreas de servicios oficiales.

L’Ampolla, puerto deportivo y de pescadores al norte del Delta del Ebro.

Josep Meseguer

Área de servicios para autocaravanas en el restaurante l’Estany, en Casa de Fusta.

Fue el escritor Sebastià Juan Arbó, nacido a principios de siglo XX en la población costera de Sant Carles de la Ràpita, el primero en utilizar el término «Terres de l’Ebre» para titular de este modo su obra más reconocida por lectores y crítica literaria. Décadas más tarde, el periodismo de la zona lanzó este término con el propósito de identificar bajo este nombre a las cuatro comarcas más meridionales de Catalunya: Montsià, Baix Ebre, Terra Alta y Ribera d’Ebre.

SALUDANDO EL VERANO

El 22 de junio partimos desde nuestra ciudad, Tortosa, por la autovía C-42 dirección l’Aldea y allí tomamos la N-340 dirección l’Ampolla y El Perelló. En la primera de las poblaciones mencionadas hacemos una parada de obligación para darnos un chapuzón en sus tranquilas playas y para observar los preparativos de la celebración de las fiestas de San Juan: charangas, comidas populares, guirnaldas en las calles… y mucho más en esta población costera a la que se puede acceder desde la autopista AP-7, desde la N-340 o en tren. Hoy no tenemos tiempo para quedarnos a celebrar las fiestas del fin de semana ni para pasearnos por su tranquilo puerto, puesto que debemos seguir nuestra ruta hacia El Perelló.

El Perelló tiene interés para el viajero: es aquí donde se practican tareas de apicultura, y también es posible visitar uno de los tramos de la antigua Via Augusta, cuyo antiguo trazado discurría por la actual N-340. Justo en la entrada sur de la población, pasado un restaurante, existe un parking que nos permite hacer la primera parada para visitar un antiguo molino harinero del siglo XVI y que nos recuerda a aquellos que el Hidalgo de la Mancha confundía en una de sus salidas.

Uno de los rincones del casco antiguo de Tortosa.

Después de comer, seguimos nuestro viaje por la carretera TV-3022 hacia Rasquera, pequeña población de interior ubicada al amparo de la Sierra de Cardó. En esta sierra se construyó, hacia los años 50 del pasado siglo, un balneario. Rasquera es una villa dispuesta en diferentes terrazas geológicas y por eso en sus calles (sistema urbanístico creado a partir del siglo XVI) existen fuertes pendientes. La localidad es conocida en la zona por la elaboración de dulces, concretamente por el típico «pastisset». En los hornos del pueblo aprovechamos para regalar a nuestros paladares estos y otros apetitosos ejemplares del buen hacer de estas gentes, como los «corassons», mantecados, «cóc ràpid», «panadons» o «capsetes».

Además de los dulces, en Rasquera hay una gran actividad agrícola en los trabajos de las viñas, los olivos y, más reciente, con proyectos de regadío e inversiones en explotaciones fruteras. También la ganadería tiene su parte de interés, puesto que campa por estas laderas una especie de fauna autóctona, la cabra blanca, cuya leche para la posterior producción de quesos y requesón es largamente reconocida.

El día cae y ponemos rumbo hacia Ascó por la C-12. La villa de Ascó quizá sea recordada por tener en sus inmediaciones una central nuclear, pero para nuestro interés particular de viajero autocaravanista, tenemos allí un área que decidió abrir, hace ya unos años, su ayuntamiento. Tiene 12 plazas, aunque el espacio es mucho más amplio, y cuenta con servicios de vaciado de aguas grises y negras y llenado de agua, sin ningún tipo de coste. Por la noche, el espacio está iluminado.

El castillo de la Zuda, en Tortosa, se encuentra sobre un elevación considerable que avanza sobre la vertiente más occidental del río Ebro.

De camino hasta Ascó hemos cruzado la capital de esta comarca de la Ribera d’Ebre, Móra d’Ebre y, justo en la otra orilla del río, su homónima Mora la Nova. Ya en Ascó, después de cenar aprovechamos para dar un paseo y tomar un refresco en una de las terrazas, en estas calles acogedoras dispuestas a los pies de un castillo medieval. En medio de la noche, el ruido de un tren y los altavoces de la estación rompen el silencio. Es hora de cerrar nuestra primera jornada de viaje.

TIERRA DE VINOS

El calor del iniciado estío nos despierta a la mañana siguiente. Hace un par de horas que los primeros rayos de sol han entrado por las claraboyas y los peques han intentado abrir los ojos. La tranquilidad del área ha ayudado a conciliar de nuevo el sueño y a aguantarlos hasta casi las nueve.

Abandonamos el núcleo de Ascó (agradecidos a su corporación municipal por facilitar nuestro tipo de turismo en autocaravana) y nos dirigimos por las carreteras C-12B y N-420 hacia Corbera d’Ebre. En esta población nos consta la existencia de un área para autocaravanas. Efectivamente, en una de sus calles encontramos la señalización y hacia allí nos dirigimos, pero el recinto del área está cerrado. En su interior, media docena de plazas de aparcamiento y los servicios de agua y vaciado. Suponemos que todavía es provisional y que de un momento a otro el ayuntamiento la inaugurará y podrá entrar en servicio.

Vista parcial de la catedral de Tortosa.

Corbera d’Ebre tiene dos núcleos urbanos: uno de ellos es el que cruza la carretera nacional, en la parte baja de la colina, adaptado a los tiempos actuales y con los servicios necesarios que precisa una villa, y el otro, en la parte alta, que presenció la Batalla del Ebro y que permanece intacto, pese al estado de destrucción producido por los efectos del combate. Aprovechamos, pues, para visitar el Poble vell (Pueblo viejo), declarado Bien de Interés Cultural por la Generalitat de Catalunya en 1992, para darnos cuenta de las atrocidades que de vez en cuando se producen en un país, y para intentar explicar, si es que se puede explicar, la magnitud de este derrumbe a nuestros hijos, que aunque de poca edad, son conscientes de que en las calles de esta Corbera antigua algo escapa a la normalidad.

Nuestro camino sigue por la misma carretera hasta la capital de la comarca de la Terra Alta, Gandesa, un municipio de unos tres mil habitantes en el que domina la producción vitícola. La localidad es sede del Consejo Regulador de la Denominación de Origen Terra Alta, un caldo que exporta allí donde se consume la calidad de sus tierras. En esta sede tenemos la oportunidad de atender a las explicaciones sobre las diferentes variedades de uva cultivada en esta zona y hasta incluso se nos ofrece una cata.

Aprovechamos para aparcar nuestra autocaravana cerca de la Cooperativa Agrícola del arquitecto modernista César Martinell, declarada también Bien de Interés Cultural. Tenemos la oportunidad de visitar, además, el Centro de Estudios de la Batalla del Ebro, así como sus calles, transmisoras de un ambiente agradable y acogedor de esta gente de interior.

El tiempo pasa y nuestros estómagos se rebelan. Si dispusiéramos de más tiempo en Gandesa podríamos adentrarnos en la sierra de Pàndols y descubrir las impresionantes vistas desde sus promontorios, visitar el monumento a la Paz y recuperar fuerzas en el santuario de la Fontcalda, a sólo 13 km de esta capital de comarca y allí donde el espacio natural del valle, el santuario y el río Canaletas, provocan el entusiasmo del viajero. En cambio, debemos seguir por la C-43 y C-12 hasta llegar a una población en la orilla derecha del Ebro, Xerta.

Hasta Xerta, si tenemos buenas piernas, podemos llegar desde el santuario de la Fontcalda en bicicleta, a caballo o a pie (unos 20 km) por el recorrido de la antigua vía ferroviaria de Val de Zafán, que pretendía unir el interior desde la Puebla de Híjar con la costa en Sant Carles de la Ràpita, y convertida en la actualidad en Vía Verde. Une las poblaciones de Tortosa y Alcañiz con un recorrido de unos 110 km totalmente preparados, incluso con albergues en algunas comarcas, para que amantes de la naturaleza vivan episodios inolvidables por tierras entre Aragón y Catalunya.

En Xerta buscamos la zona por la que discurre el Canal de la Dreta de l’Ebre, justo al lado del río, lugar en el que se ha dispuesto, entre río y canal, una zona de picnic de gran encanto. Sombras largamente siesteras, mesas y hasta unas escaleras en el canal por si el viajero quiere remojarse en unas aguas frescas de constante movimiento, pero placenteras. Los jóvenes del pueblo han improvisado una cuerda que permite lanzarse desde lo alto de uno de los árboles con un chapuzón que nos recuerda a tiempos de antaño, más que a las sofisticadas piscinas de hoy en día.

Molino del siglo XVI, en El Perelló.

Comemos y paseamos por entre sus tierras de naranjos y, como el día es largo y de Xerta a Tortosa solo nos separan 12 km, decidimos, a media tarde, seguir hasta la población del Baix Ebre.

Tortosa es el núcleo habitado más grande del sur de Catalunya, con un volumen de unos 38.000 habitantes. Su casco histórico nos podría permitir toda una jornada de visitas y andares por sus callejuelas, castillos, fortines y baluartes, pero nuestra intención, como tortosinos viajeros, es dar aquí en nuestro periplo, una pequeña relación de los enclaves más significativos que ayudan a comprender la historia de nuestra ciudad. En un núcleo de más de 2.000 años de historia podremos encontrar vestigios de diferentes épocas y civilizaciones: romana, árabe… El castillo de la Zuda, habilitado actualmente como Parador Nacional de Turismo, de época árabe; los Reales Colegios, de la época del Renacimiento; la lonja medieval, gótica; las murallas, la catedral de Santa María, el Palacio Episcopal, el matadero y el mercado municipal, modernistas… es decir, hay de todo un poco, lo que permite al autocaravanista, gracias a la construcción reciente de un área de autocaravanas, permanecer en la ciudad para contemplar y degustar nuestros manjares. El área, de 32 plazas, con servicios de llenado y vaciado y con un coste de sis euros por día, es un ejemplo notable de acogida para nuestro sector, puesto que su ubicación es muy céntrica.

Tortosa revive, a finales del mes de julio, el esplendor de toda su monumentalidad en la «Festa del Renaixement». Declarada fiesta de Interés Turístico Nacional, sus calles se impregnan de los olores de otras épocas durante cuatro días, mediante espectáculos, tabernas, desfiles e innombrables actos que atraen a turistas de verano dispuestos a retroceder en el tiempo y convertirse en ciudadanos del siglo XVI.

Después de cenar y dar un paseo nos metemos en nuestra autocaravana. A lo lejos se oyen los cohetes, que nos recuerdan la tradicional víspera de la noche de San Juan en Catalunya, donde son típicas las hogueras y los petardos.

Cierro los oscurecedores mientras observo a nuestros vecinos, cinco autocaravanas más, que descubren estos parajes.

un paseo por el delta

Al despertarnos y abrir la ventana tenemos en primer plano la visión del río Ebro. Nunca antes en pijama habíamos tenido esta posibilidad, aún siendo ciudadanos de Tortosa. Ésta es una de las ventajas de ser autocaravanista.

Desde Tortosa tenemos diferentes posibilidades de excursión: montaña, hacia los puertos de Tortosa-Beceite, con su punto más alto en el Mont-Caro (1447 m), o mar, hacia el Delta del Ebro. Nos decidimos por la segunda y tomamos dirección Amposta por la carretera C-12. Esta carretera nos permite adentrarnos en esta villa, capital de la comarca del Montsià, para cruzar después el río Ebro por encima del puente colgante, un poco justo de paso, aunque vale la pena por la singularidad de su construcción.

Por la TV-3454 nos dirigimos hacia Riumar, allí donde las aguas terminan su camino y se unen al Mediterráneo. Antes de llegar, los carteles ya anuncian el objetivo de nuestra excursión de hoy: la navegabilidad del río mediante pequeños cruceros o, incluso, en embarcación de alquiler.

Aparcamos nuestra autocaravana en un parking, donde hay unas mesas de picnic que nos servirán para nuestra comida, y nos decidimos a examinar las ofertas.

Eva, Edelweis y Adai, navegando por el Ebro.

En el Delta del Ebro hay pequeños cruceros de dos pisos que conducen al turista hacia la desembocadura, por un precio de unos ocho euros. El viaje, que cuenta con explicación de guía turística, invierte más o menos una hora en su recorrido. Parten prácticamente cada hora y es una buena opción para conocer este delta, pero para nosotros, habitantes de estas zonas, existe otra opción más excitante: alquilar una barca a motor sin necesidad de permiso de conducción, y realizar nuestro propio tour por aguas del Ebro. Efectivamente, nos decidimos por la segunda opción, y con 20 euros más la gasolina que gastemos, tenemos por delante una hora de viaje a placer.

Después de vestir a los niños con salvavidas y explicarnos las cuatro reglas de navegación y los espacios protegidos en los que no debemos entrar, partimos dirección norte con nuestra pequeña embarcación, cargados de entusiasmo y adrenalina, al comprobar que el golpe de motor levanta ligeramente la quilla.

Todo iba perfecto, hasta que nos topamos con uno de los cruceros y su simpático oleaje de navegación. La primera de las olas nos avisa de que esta aventura puede convertirse en una experiencia de riesgo, pero las restantes nos zarandean de manera que ya no sé si mover timón a babor o estribor, puesto que a diferencia del coche, en este caso es la superficie la que se mueve. A partir de este primer encontronazo deberemos vigilar en los siguientes cruces. Y sí, al final aprendemos a coger las olas de los cruceros por proa, y de este modo la posibilidad de vuelco es menor, no así la de bailar por encima de las aguas.

Llegados a la media hora de nuestra prueba de navegabilidad, decidimos parar motores y echarnos al agua: una gozada, después de este sol de verano que quema la espalda. Al final, frescos y ya experimentados con el tránsito fluvial, llegamos a puerto contentos por esta experiencia recomendable. Volvemos a la autocaravana y aprovechamos las mesas de madera para comer. Después, una siesta nos relajará de la tensión vivida en las aguas.

A media tarde regresamos por la misma carretera hasta Deltebre, una nomenclatura de población formada en 1977 a partir de los núcleos de La Cava y Jesús y Maria, y que hasta esta fecha habían permanecido como núcleos dependientes de la ciudad de Tortosa. En sus alrededores se puede observar que estas son tierras dedicadas al monocultivo del arroz, que permite al visitante percibir unos colores diferentes en cada época del año: marrón durante labranza, resplandeciente con la inundación de los campos; verde con la plantación; y amarillo a finales del verano para la siega.

En Deltebre buscamos la dirección de Sant Jaume d’Enveja y, por el puente Lo Passador, de reciente construcción, cruzamos de nuevo el río. Hasta hace un año, el río debía cruzarse mediante las barcazas, cuyo sistema, mucho más lento, permitía a los turistas observar la tarea de traspase. Hoy día las barcazas han quedado ya para los libros y las fotografías, y el puente permite, en unos segundos y sin un coste adicional, pasar de parte a parte. Justo en las orillas, unas balizas de señalización vertical nos informan del paso del GR-99 o Camino Natural del Ebro. Estas mismas indicaciones ya las hemos encontrado en Ascó, en Xerta, en Tortosa justo en el área de autocaravanas, en Amposta y aquí: se trata de un sendero de Gran Recorrido marcado con las señales rojas y blancas y con paneles informativos. Tiene un total de 42 etapas, con un recorrido de 1.280 km entre Fontibre y Riomar.

Llegados a Sant Jaume d’Enveja, nuestra siguiente dirección es Els Muntells, puesto que allí dormiremos en el área oficial para autocaravanas que existe en la parte sur del pueblo. El precio: tres euros por dormir y tres más por vaciado y llenado, que un responsable se encarga de cobrar por las tardes o por la mañana.

Al lado del área hay unas barbacoas que permiten asar las viandas, si a alguno le apetece. Nosotros decidimos cenar dentro, puesto que en la parte exterior hay algún que otro mosquito, e irnos a la cama. Los peques están exhaustos. Antes, salgo a dar las buenas noches a las tres autocaravanas que están junto a nosotros. Mañana será otro día.

Claustro en los Reales Colegios, s.XVI (Tortosa).
vuelta a casa

Nos levantamos el último día de nuestra ruta, el 25 de junio. Desde Els Muntells buscamos las indicaciones de Poble Nou del Delta, por unas carreteras que todavía conservan la disposición de antaño y que, por más que recorro, siempre termino por parar en algún momento para tener que reubicarme en el mapa.

Al final el pueblo, a la manera de un pequeño oasis de casas blanquecinas por la cal y patios interiores con palmeras, aparece nuestro camino. Desde aquí sólo nos separan tres kilómetros de Casa de Fusta, lugar en el que encontramos el museo del Delta y el restaurante l’Estany, cuyo propietario ha tenido la brillante idea de abrir un área para autocaravanas. Tres euros por los servicios y el aparcamiento gratuito en un entorno virginal, rodeado de arrozales. Desde este punto, diversas actividades: paseos en barca, cars para los peques, alquiler de bicicletas y triciclos, comidas típicas de la zona… incluso comida para llevar y poderla saborear en nuestra autocaravana.

Nosotros decidimos bajarnos las bicis y hacer una excursión por el carril preparado para ello. Durante el recorrido, diferentes miradores nos permiten contemplar la belleza de este entorno que conjuga las planicies deltaicas con los montes escarpados. Una maravilla para nuestros ojos y una oportunidad para poderlo explicar.

Sólo nos queda regresar al área, servirnos un exquisito arroz negro y tomar la carretera hacia Amposta hasta enlazar con la N-340. Desde Terres de l’Ebre, ¡hasta la vista!.

Gastronomía

El arroz es, sin duda, el ingrediente estrella de la gastronomía de la zona: en paella, a banda (con marisco, cebolla y diferentes pescados…), negro o rossejat (arroz muy tostado, guisado con caldo de pescado), de marisco con langostinos, con verduras… existen diferentes posibilidades de degustar el plato típico de esta zona. La fideuà también es un plato tradicional, tan sólo basta sustituir el arroz como ingrediente básico por fideos.

En Sant Carles de la Ràpita son muy preciados los langostinos, la galera o el mejillón. Los pueblos del interior tienen como tradición una cocina de pescado basada en especies de río como las anguilas y angulas., aunque también es abundante el marisco de diferentes variedades. Antes de degustar un exquisito plato, es tradición tomar, como entrante, unas finísimas ancas de rana, otro de los productos típicos. Los platos de carne están preparados, principalmente, con aves de caza, siendo el más común el pato salvaje. Otras carnes son el conejo con cebolla, pollo guisado o el estofado de carne de buey, mientras que entre las verduras destaca la alcachofa como ingrediente de muchos platos.

En cuanto a los vinos, estamos en el punto de las denominaciones Priorat, Montsant o Terra Alta. El aceite extra virgen es uno de los productos con más prestigio de estas comarcas, también con denominaciones de origen como las de Siurana, Terra Alta, Baix Aragó i Baix Ebre-Montsià.

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